
Los libertarios eligen la no interferencia
Felipe Osman
Desde finales de mayo el oficialismo provincial ha venido, sin demasiado espacio a interpretaciones, a los tropiezos. Recién ayer, la aparición sana y salva de Luciana Barrios en las primeras 24 horas de búsqueda representó un alivio para el Centro Cívico, que atravesó con angustia un episodio que, de no resolverse rápido y bien, podría haber espiralizado los costos políticos a soportar por el Centro Cívico tras el ‘caso Agostina’, que se esparció por cada punto de la agenda alcanzando no sólo relevancia policial, sino centralmente política por la pertenencia del acusado a estructuras que financia y de las que se sirve el PJ.
Ante el sin número de elementos que conectaban el truculento caso policial con el peronismo y el Estado -pertenencia del acusado a las 62 Organizaciones Peronistas y a los planteles de la Municipalidad de Córdoba, vínculos con la barra brava de Instituto, padrinazgo de un ex concejal, y demás-, la misteriosa desaparición y el trágico hallazgo de Agostina se convirtió rápidamente en tema de conversación en cada rincón de la provincia y hasta del país. Y la oposición no tardó en tomar su lugar para cuestionar el proceder de la Policía, del fiscal, de la Justicia y, en suma, para asociarlos a una degradación institucional que explica en la prolongada estadía del peronismo en el poder.
Cuando Gabriel Bornoroni no se subió a la ofensiva, algunos opositores empezaron a mirarlo con el rabillo del ojo. Y hasta a imaginar un pacto de no agresión entre La Libertad Avanza y el oficialismo cordobés. Sin embargo, puede haber explicaciones que exijan menos a la imaginación.
Dicen, los que saben, que en ajedrez las jugadas más difíciles son las de retroceso. Casi de forma natural el cerebro busca el avance y el ataque, incluso en ocasiones en que lo más acertado es simplemente dejar espacio abierto para que se vea lo que realmente importa mostrar. Por ejemplo, al adversario chapoteando en el lodazal. Quizá Bornoroni ya domina esas sutilezas.
LLA Córdoba no venía de una situación pasiva. Si bien eligió el silencio cuando el affaire Adorni empezó a escalar, Bornoroni no mostraba una actitud concesiva con el Centro Cívico. Al contrario, acababa de lanzar una plataforma digital para que los vecinos denunciaran “abusos” del Estado ante los particulares. No es esta manera alguna de congraciarse con el peronismo. Y si el diputado eligió luego detener la presión pudo haber sido por entender que sumar voces acusadoras solo disimularía la impericia comunicacional que demostraba el oficialismo, que destacaba mejor en soledad.
A esta explicación, si se quiere local, se pueden agregar también otros elementos del mapa grande. Del tablero nacional.
El ‘caso Agostina’ no se superpuso sólo con el affaire Adorni. A la sazón, todavía abierto por las demoras que exige armar el rompecabezas de su declaración jurada. También coincidió con el punto más álgido de la interna libertaria entre Martín Menem, presidente de la Cámara Baja, y Santiago Caputo, el asesor estrella de Javier Milei. Y cuando dos pesos pesados pelean, lo más seguro es guardar distancia y volar debajo del radar, fuera del alcance de alguna esquirla.


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