
El mundial con ojos de otros
J.C. Maraddón
Un elemento clave en la consolidación del espectáculo futbolístico como fuente de ingresos para la industria del entretenimiento, ha sido la transmisión televisiva de los encuentros, una instancia que comenzó a ganar peso en la segunda mitad del siglo pasado. Ante la imposibilidad de asistir a los partidos para la mayoría de la población, acceder a su disputa a través de la TV abrió un campo ilimitado de posibilidades, que superaba con creces el de los relatos radiofónicos que habían sido hasta entonces la única chance de estar al tanto en tiempo real de lo que sucedía en las canchas.
Cada cuatro años, la realización de las copas mundiales de este deporte funcionaba como una especie de banco de pruebas en ese proceso de espectacularización, que requería una constante puesta a punto, sobre todo en cuanto a los recursos técnicos. Las emisiones vía satélite fueron las que dieron un vuelco definitivo a la historia, porque obraron el milagro de que millones de personas, desde su hogar, pudiesen atender a las alternativas de lo que acontecía en cada match. Los patrocinadores no se hicieron esperar y las grandes marcas empezaron a disputarse espacios tanto en la publicidad estática como en las tandas comerciales.
A medida que transcurrían los mundiales, se iba acelerando este proceso hasta abarcar audiencias inconmensurables, para que todos en simultáneo desde cualquier sitio estuvieran viendo lo mismo, un gancho irresistible al que se aferraban los auspiciantes para dar a conocer las bondades de sus productos. A esta altura, ya hemos naturalizado esos procedimientos, pero medio siglo atrás resultaba toda una novedad esa mecánica que iba a aceitar su funcionamiento con la complicidad de la FIFA, cuyos titulares percibieron de inmediato el filón que representaba la televisación, tanto por la venta de derechos como por el interés de las grandes empresas en que su logo aparezca allí.
Cuando a los canales de aire, que siempre eran escasos, se le sumó la TV por cable, la veta se extendió al infinito y surgieron así cadenas deportivas internacionales que se disputaban la exclusividad de poner en pantalla para sus suscriptores lo que pasaba durante las magnas competencias de fútbol. Hacia finales de la pasada centuria, entre USA ‘94 y Corea/Japón 2002, terminó de conformarse un esquema que rendía ganancias extraordinarias y que apuntaba cada vez más a brillar como una puesta espectacular, en desmedro de lo que había sido hasta ese momento sólo una disciplina más.
Pero para el primer decenio de este siglo iban a aparecer las redes sociales, en sus inicios como una simple prolongación de las prestaciones de internet, aunque luego iban a tomar vuelo propio y a adueñarse del tiempo libre de las personas, desplazando a los antiguos soportes que se proponían el mismo objetivo. A pesar de todo, seguirían siendo los sucedáneos de la televisión el medio más utilizado para ver los partidos, que ya empezaban a llegar a los televidentes de manera seccionada: para disponer de acceso a todos, había que pagar por un paquete premium.
Han transcurrido unos veinte años desde que las redes comenzaron a copar la atención de los navegantes en la web, y aquello que quizás pudo haber sido considerado como una moda con fecha de vencimiento, ha crecido en su preponderancia hasta posicionarse como uno de los canales que la gente prefiere para informarse. Y por ese mismo motivo, sería el menos impertinente desdeñar su influencia en cómo el público en general se entera de lo que está ocurriendo durante un mundial, y en la forma en que decodifica los acontecimientos, a partir de argumentaciones que se han viralizado.
La Copa Mundial 2026, que finalizó el domingo con el triunfo de España sobre Argentina, ha mostrado sin dar lugar a dudas hasta dónde ha avanzado este fenómeno, con polémicas desatadas a partir de posteos y de resúmenes de imágenes que pretenden revelar lo que no trascendió en las transmisiones televisivas. Durante los días previos y posteriores a la final, abundaron los escándalos en la esfera de los social media, cuyo origen eran casi siempre teorías conspirativas basadas en recortes arbitrarios de la realidad, con la misma metodología que se suele utilizar en campañas políticas que quieren manipular la opinión pública.
Hemos asistido, entonces, a un cambio de paradigma en cuanto a la costumbre, que data de más de cincuenta años atrás, de observar los mundiales por TV y desde esa perspectiva elaborar una mirada personal a la hora de hacer un comentario al respecto. Fundamentar una crítica, un elogio y hasta un insulto en el contenido de una publicación compartida en redes, se ha tornado un hábito que no estaría contribuyendo a enriquecer las discusiones, sino que más bien las está recalentando, en su afán de profundizar grietas y de separar a los individuos, consolidando diferencias muchas veces a raíz de cuestiones nimias.







Verónica Crescente: “Quisieron armar un gran frente antiperonista y eso a nivel local no iba”



PASO sí o PASO no, la definición que será señal de largada en Córdoba




