
Es fácil hablar de la gente de las islas como si no llevaran casi 200 años viviendo allí, siendo argentinos por haber nacido en suelo argentino
Los incidentes de ayer nos hacen preguntarnos sobre cuánto margen de tolerancia le queda a la gente
Nacional10 de octubre de 2024Por Javier Boher
La pregunta que da nombre a esta nota me golpeó sin darme cuenta. Estaba pasando por los canales de noticias cuando vi un graph que hablaba de “día caliente en el Congreso”, con imágenes de algunos tumultos durante la marcha para rechazar el veto presidencial a la ley de financiamiento universitario. Un rato antes había estado revisando Twitter, viendo videos y comentarios sobre lo que había pasado. Es increíble lo fácil que se desmadran las cosas.
La semana pasada también hubo una marcha por este tema, en la que se pudo ver algo de lo que terminó explotando ayer. Se viralizaron un par de videos de gente chicaneando a Martín Lousteau, que fue protegido por sus custodios (algo que no debería ser normal) mientras se retiraba. Las personas no eran ciudadanos de a pie, sino influencers o autodenominados periodistas con afinidad por el gobierno. Parecía armado para hacer enojar al senador, uno de los más resistidos por los libertarios.
El gobierno no tiene cómo llenar la calle, ese espacio reivindicado por el peronismo pero disputado por Juntos por el Cambio durante los últimos años. Los libertarios tuvieron los votos para llegar a la presidencia, pero les cuesta salir de la virtualidad a la realidad, de allí que la lógica con la que se manejan en el congreso (una minoría de bloqueo para sostener vetos presidenciales, pero no para proponer proyectos de ley) parece extenderse a las movilizaciones. Si no pueden sacar multitudes a las calles, buscan la forma de que los otros tengan problemas cuando movilizan.
La del notero canchero que sale a gastar a las personas que se movilizan no es nueva, sino que es un recurso con el que se busca deslegitimar el reclamo. Esto es ir un paso más allá.
Así fue como uno de estos personajes terminó perseguido por una muchedumbre, pero lo verdaderamente grave vino inmediatamente después, cuando un repartidor de comida intervino para evitar que linchen al influencer. Los manifestantes lo golpearon, le tiraron gas pimienta y le robaron la bicicleta. Es bastante representativo que un grupo fuertemente asociado al kirchnerismo patotee a un trabajador informal de esos que se convirtieron en un símbolo del voto a Milei.
Al entrevistarlo, el repartidor dijo haber intervenido sin pensar en política, sin saber quién era el que estaba en el piso, y solamente para evitar que lo maten a golpes. Agregó que lo señalaban como libertario o cómplice del perseguido y que la situación de desunión social lo angustiaba mucho. Su descripción del hecho es una muestra de lo que son los procesos de masificación, cuando los individuos abandonan su capacidad reflexiva para integrarse en un colectivo irracional.
Un par de retuits del presidente sirvieron para que se lo acuse de violento y de defensor del terrorismo de Estado, lo que le sirvió a un manifestante de los que habían corrido al influencer para expresarse cuando le pusieron el micrófono. Dijo que habían reaccionado a la provocación de los libertarios y que iban a estar dispuestos a defenderse de los violentos. La periodista le señaló la incongruencia y el entrevistado de brotó rápidamente: “los vamos a matar a todos”. Se puede mentir con consignas políticas como aquella de que el amor vence al odio, pero la naturaleza de movimientos y personas no se puede esconder detrás de ellas.
Después los noticieros siguieron mostrando tomas de facultades, gente hablando en inclusivo para defenderlas y otros fantaseando con dictadura y persecución pidiendo que no los filmen en una asamblea (pero hablando después ante las cámaras). Hay gente esperando que las cosas vayan mal para darle rienda suelta a su amor por el odio y la destrucción.
Vivimos en una sociedad mejor que hace 50 años. Es más democrática y más tolerante, con la cuenta pendiente de la mala situación económica. En aquel momento, cuatro tarados como el que decía querer matar a todos se sometían a un psicópata que los lideraba y armaban una organización armada con la que decían representar al pueblo. La proliferación de medios y las redes sociales nos ayudan a evitar que esas cosas pasen de vuelta, pero la incapacidad de aceptar que haya otras personas que piensen distinto va corriendo el límite un poco más allá.
Por eso no sabemos cuántas marchas más puede soportar Argentina. En condiciones normales, con gente respetando la convivencia y el marco democrático, se podría marchar todo lo que cada colectivo quiera. Si estos hechos de violencia (con provocaciones, infiltrados o lo que sea) se siguen repitiendo, cada vez va a ser más difícil manifestarse en paz.
Hay gente con ganas de que se rompa todo. No importa si se marcha por las universidades, los jubilados, las minorías sexuales, San Cayetano o el cumpleaños de algún político: la polarización es cada vez más fuerte y todo sirve como excusa para decir que los otros son una amenaza para la democracia. Hay que tratar de que esos extremistas no tengan voz y no puedan amplificar sus mensajes. Es mucha más la gente que quiere salir tranquila a la calle a estudiar o trabajar que la que quiere que se rompa todo. Ojalá los políticos piensen más en ellos.
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2da parte. Continuidad de la primera editada con fecha 26 de marzo
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