
Es fácil hablar de la gente de las islas como si no llevaran casi 200 años viviendo allí, siendo argentinos por haber nacido en suelo argentino
Por Juan Andrés Aramayo
Octubre, mes en que reflexionamos sobre la salud mental
Aprovechando el 10 de octubre, fecha en que reflexionamos sobre la salud mental y que en Argentina estas últimas semanas tuvimos debates intensos sobre políticas públicas de salud mental, en esta oportunidad quiero reflexionar desde otra perspectiva: la salud mental de los políticos y políticas.
Sin hacer mención a ningún caso particular ni referencia a nadie, simplemente haciendo una reflexión de mi experiencia en 12 años como consultor político, estando cerca de las personas públicas que nos gobiernan, esas personas que se muestran fuertes, todopoderosas, imbatibles, que son las mismas personas que deben atravesar serios trastornos de salud mental; situación que nadie, o muy pocos reconocen, afrontan y tratan. Sin ánimo de reemplazar a los especialistas de la salud ni dar diagnósticos, me tomo la licencia de hacer algunas reflexiones.
El mundo de la política es cruel, y la persona que quiere introducirse en este ámbito debe tener la suficiente madurez y estabilidad emocional para poder enfrentarse con un sinfín de situaciones estresantes. No existe un manual o una escuela donde formarse como político y mucho menos el entorno y familia de la figura política, que encima no elige de forma personal lanzarse a lo público. Estas observaciones son válidas para cualquier nivel de gobierno, pasan las mismas situaciones de riesgos de la salud mental un candidato a concejal de un pueblo extremadamente pequeño del interior, que un candidato a presidente.
Esto empieza cuando una persona decide ingresar a este mundo e inmediatamente se encuentra con trabas y exigencias de los mismos compañeros partidarios, se salta en un segundo de la comodidad del anonimato y perfil bajo al juzgamiento y exposición de toda una comunidad. Saltar a la arena pública te hace visible con sus pros y sus contras, pero está en cada uno como poder llevarlo. Los flashes y las luces enceguecen y distancian, alejan a los cercanos y a aquellas voces que con ánimo de mejora te dicen qué consideran que está mal, el tiempo para la familia se acorta o desaparece, las juntadas con amigos pasan a ser un lujo o anularse, realizar las compras y quehaceres familiares pasan al olvido, u otras veces hay que darse tiempo para hacerlas sin disponer de tiempo (agravado en mujeres). En muchos casos empieza el síndrome del “subirse al poni”, ese síndrome se agrava cuando se produce el aislamiento social y el bloqueo de la realidad por parte del círculo íntimo, un círculo íntimo que muchas veces, patológicamente se convierte en una muralla de aduladores y reforzadores de teorías. Si la figura política no sabe detectar esta situación a tiempo, no solo está en riesgo su salud mental sino la gestión, como ya muchas veces venimos viendo en distintos ámbitos.
La figura pública política, seguramente fogoneada por consultores políticos (como yo o mis colegas), y grupos cercanos tiene que construir su imagen política, su perfil. Que como en todo manual y reglas de campaña o comunicación política tiene que poder transmitir, sobre todo, fortaleza, tenacidad, desenvolvimiento, carisma, simpatía, locuacidad, cercanía y aptitudes de oratoria; pero muchas veces el candidato o persona con la que nos encontramos no cumple con esas característica que el mercado político le exige y es allí cuando la persona reconoce sus capacidades o falta de las mimas y empiezan las contradicciones internas de la persona, que en su soledad se maximizan y acrecientan, surgen ansiedades, estrés, comparaciones con los otros y sentimientos de inferioridad.
A este panorama hay que sumarle la exposición pública que siempre existió, el contacto cara a cara con la gente, muchos políticos es un punto que manejan de taquito, pero para otros es de un nivel de estrés extremo. Se vienen las preguntas: ¿y si no sé qué responder? ¿y si no me reciben? ¿y si me dicen algo feo?, este es un ámbito en el que se puede trabajar en el backstage pero que solamente se aprende en la experirncia con las personas en frente.
Como si esto no fuera poco, hoy se suman las redes sociales, la generación interminable de contenido para alimentar estas redes insaciables y voraces de productos cada vez más disruptivos y con una vorágine marcada por la inmediatez. Si al candidato con timidez antes le costaba hablar en público ahora tiene que transformarse en showman de las redes sociales, hacer challenges, tener perfecta dicción y poder adaptarse a distintos públicos en tiempos reales, acostumbrarse a vivir con consultores y comunitymagers que le mancan el camino y transmiten en vivo mientras toma un mate.
Pero el problema no es solo el transformarse en un influencer, el tema más peligroso empieza en el momento que se subió el primer posteo y empiezan a llegar los comentarios, es el momento en el que una diversidad de seres desconocidos disfruta de su anonimato para descargar todo tipo de comentarios enfáticamente de odio, que no se centran en las propuestas o valor de la persona, empiezan las agresiones, difamaciones, opiniones de los cuerpos, de la ropa, de la familia, de la vida íntima y personal. Y mi pregunta es ¿todo vale?, un candidato a concejal de un pueblo del interior que pasa de ser maestro (por dar un ejemplo) a la esfera política y al escrutinio público ¿está preparado mental y emocionalmente para afrontar esas situaciones?
Cuando analizamos las variables que se recomiendan para cuidar la salud mental analizo que: punto por punto una figura política, tanto en campaña como en funciones, no cumple la mayoría. Para pensar en los ejemplos: respetar las horas de sueño, alimentación saludable, realizar actividad física (las caminatas en campaña no aplican), rodearse de amistades, familiares y círculos seguros o cuidarse de pensamientos negativos.
El ser político no es fácil como muchos creen, la exposición pública no es para todos, el estrés que genera pensar cada decisión que la persona toma y cómo repercute o afecta a miles o millones de personas, el qué dirán, el hecho de perder o ganas una elección que no solo afecta el ego, sino cuantas familias, ilusiones y trabajos hay por detrás. O hasta el hecho de los intendentes de no poder dormir pensando que está lloviendo y puede haber inundaciones o evacuados.
En estos años de experiencia trabajando 24 horas al lado de personalidades políticas, puedo afirmar que los políticos están en serios riesgos de padecimientos de salud mental. La mayoría sufren trastornos de ansiedad y algunos ataques de pánico, es frecuente la depresión, el alcoholismo y el consumo de estupefacientes, casi la totalidad son adictos a las pastillas para poder dormir, tienen problemas de irritabilidad y cambios en el humor, alejamiento de las familias y prácticas autodestructivas.
Lo que es aún peor es que la mayoría de ellos transitan estas patologías en soledad, en silencio, armando corazas cada vez más grandes ya que un político no puede mostrar fragilidad, no pueden ausentarse un tiempo de ese mundo porque quedarían excluidos. E incluso llegué a escuchar que no hacen terapia porque no confían en el secreto profesional de los especialistas de la salud y presencié intendentes que van a terapia a otras ciudades por desconfianza.
Llegó la hora de que los políticos sean humanos, que se permitan serlo, que la sociedad los dejemos ser humanos, que los consultores les permitamos ser y sentir como humanos. Que rompamos esos estigmas arcaicos de la salud mental. La sociedad necesita políticos humanos, sensibles, que en su fragilidad reflejen la de miles de personas que sufren lo mismo. Permitirse tener un momento personal para la reflexión, desintoxicarse, tomarse vacaciones. Así como muchos artistas y deportistas reconocieron en el último tiempo sus problemas de salud mental, el mundo de la política se merece ese debate, ese permiso y ese sinceramiento.
P/D: Merece un capítulo aparte el tema de salud mental de las personas que trabajan para los políticos.
Juan Andrés Aramayo: Politólogo – consultor político – Director de SATOR - Asesoría Política Integral
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2da parte. Continuidad de la primera editada con fecha 26 de marzo
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