
Bajar la pulsación del ritmo
J.C. Maraddón
J.C. Maraddón
En sus más de ochenta años de existencia, el cuarteto cordobés atravesó diversas etapas y fue mutando sus formas, aunque sin perder nunca su raigambre popular ni su esencia como referencia identitaria de la región centro del país, donde se hizo fuerte desde un principio. Tocado en sus orígenes por las llamadas orquestas características, encontraba su justificativo en el baile, al que contribuía con su clásico tunga tunga que encaminaba los cuerpos hacia la pista y los ponía en movimiento, siguiendo un esquema de danza con requiebre de caderas y rondas que iban girando de modo que todos pasaran cerca del escenario.
Ese propósito agitador se mantuvo vigente hasta al menos los años setenta, con una formación típica a la que de a poco se le iban sumando instrumentos como la batería o la guitarra eléctrica. Incluso después, cuando los grupos se “tropicalizaron” e incorporaron instrumentos de percusión y una sección de vientos, se mantenía el objetivo de que el ritmo estuviera por encima de cualquier otra cosa, como gancho para que los bailarines hicieran sus piruetas y quedasen conformes. Sin embargo, la urgencia de “los lentos” para que las parejas tuviesen un momento más íntimo, impuso la necesidad de una selección melódica.
Así fue entonces cómo durante los años ochenta levantó volumen una camada de vocalistas cuarteteros que iban más allá de los estribillos pícaros y la incitación a divertirse, porque debían entonar melodías en las que se requería un tono más atildado que no todos estaban en condiciones de alcanzar. La banda Chébere, como en otros rubros, fue una de las que hizo la punta en este cambio de frecuencia, y desde allí emergieron el Rey Pelusa y el Negro Videla, quien con su timbre romántico cautivó al público a través de piezas que hasta el día de hoy resuenan en la memoria de varias generaciones.
Luego, dentro de la misma formación se destacó Fernando Bladys, cuyo estilo marcó a fuego toda una época y que se emparenta con el de cantantes que surgieron de Tru-la-lá, como por ejemplo Gary en primera instancia y luego la Pepa Brizuela. Con posterioridad, desde Chébere se daría a conocer el Toro Quevedo, quien con su vozarrón arrobó a miles de enamorados para los que aquellas canciones representan uno de los recuerdos más entrañables de aquel tiempo en que el cuarteto crecía en cantidad y calidad, traspasando las fronteras del interior y del exterior con su implacable marcha.
Han transcurrido varias décadas desde esa consagración de intérpretes que cantaban con esmero temas de amor para bajar la intensidad de los compases, pero que no por eso abandonaban la senda que había inaugurado la Leo a comienzos de la década del cuarenta. Hoy el territorio cuartetero se ha ensanchado y en algunos casos se ha ensamblado con los géneros urbanos, ampliando aún más su capacidad de llegada a los públicos más diversos. Sin embargo, sus nuevos referentes no evitan en absoluto hacerle lugar en su repertorio a baladas melodiosas, para las que incluso suelen convocar a voces invitadas.
En ese contexto, tres de los más representativos cantantes de Chébere han decidido reunirse para ser partícipes de lo que han denominado Senior Fest, una velada que se desarrollará mañana en Sala del Rey y que se presenta como una invitación a la nostalgia. Desde la altura de su veteranía, el Negro Videla, Fernando Bladys y el Toro Quevedo subirán a escena con sus grandes éxitos y dejarán constancia de que, en la historia del cuarteto, el talento vocal ha escrito un capítulo aparte al conseguir que, aunque más no sea por un rato, la pulsación rítmica no sea lo más importante.







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