
En la UNC, las obras son marca de gestión política
Francisco Lopez Giorcelli
Por: Francisco Lopez Giorcelli
En tiempos de receso académico y con el conflicto contenido, la infraestructura se convierte en una herramienta silenciosa de orden interno. La pregunta ya no es quién arregla, sino cuándo, dónde y para quién.
En la Universidad Nacional de Córdoba, las obras no llegan solas ni hablan únicamente de cemento y aulas nuevas. Llegan con timing político, con destinatarios claros y con un mensaje implícito hacia adentro del sistema universitario. Las refacciones que hoy se celebran en algunas facultades llaman la atención menos por su existencia que por su ausencia en años anteriores, cuando esas mismas unidades académicas estaban conducidas por gestiones no afines al oficialismo del Rectorado.
Facultades como Derecho, Psicología o Comunicación (con otras gestiones rectorales) son casos paradigmáticos. Durante largos períodos, con autoridades que no respondían de manera directa al esquema político central de la UNC, los reclamos por infraestructura se acumularon sin respuestas visibles. Hoy, con conducciones de otro signo político o con vínculos más aceitados con el Rectorado, esas obras no solo se activan, sino que se exhiben como logros de gestión. La obra llega, pero también llega el mensaje: hay prioridades, y no siempre son neutras.
El otro dato clave es el calendario. La decisión de mostrar estas refacciones coincide con el inicio del ingreso, cuando miles de estudiantes pisan por primera vez las facultades. En Derecho, por ejemplo, el arranque del ingreso funciona como una vidriera perfecta: edificios ordenados, espacios renovados y una escenografía que construye sentido común desde el primer día. Obras que podrían haber estado listas antes se presentan ahora, cuando el impacto simbólico es mayor y el público es nuevo.
Para ese estudiantado ingresante, mayoritariamente no militante y ajeno a las internas universitarias, la mejora concreta pesa más que cualquier discusión política. Esa percepción es la que buscan capitalizar tanto las autoridades como la militancia estudiantil que conduce los centros. Fotos, recorridas y comunicados intentan asociar las refacciones a una supuesta capacidad de gestión propia, aun cuando las decisiones presupuestarias se definan lejos de esos espacios. La infraestructura se convierte así en argumento político, aunque se la presente como mera administración.
El oficialismo universitario parece leer con precisión ese escenario. En un contexto de ajuste nacional y recursos escasos, invertir en obras visibles permite mostrar funcionamiento, descomprimir tensiones y ordenar el mapa interno sin abrir frentes de conflicto. Los actores que ganan peso son, por un lado, los que controlan los circuitos de decisión como secretarías, equipos técnicos y áreas administrativas que, sin exposición pública, definen prioridades y tiempos con una lógica más política que técnica.
Por otro lado, quienes ganan peso en lo estudiantil serán quienes puedan capitalizar políticamente dichas obras, sobretodo los oficialismos que pueden coordinar con las gestiones de las facultades este lanzamiento de obras. Pero como la política también son momentos, es tener ese timing fino a la hora de desplegar estos discursos, es probable que opositores logren, también, capitalizar incluso tomando cierta distancia con quienes tienen responsabilidades institucionales.
La oposición, en cambio, queda atrapada en una incomodidad discursiva en caso de querer hacer algún cuestionamiento. Señalar que durante gestiones no alineadas esas obras no se hacían implica admitir que el reparto de recursos tuvo sesgos claros, incluso cuando la oposición gestionó también sucedía lo mismo.
Pero cuestionarlo con demasiada fuerza supone correr el riesgo de quedar enfrentada a mejoras que la comunidad universitaria celebra. El resultado es un murmullo interno, más presente en pasillos y conversaciones privadas que en posicionamientos públicos, que termina diluyéndose.
Así, las refacciones en la UNC no hablan sólo de edificios recuperados. Hablan de alineamientos, de premios y castigos implícitos y de una universidad donde la gestión material también ordena la política. Aprovechar el ingreso para mostrar obras no es un detalle menor, sino una decisión que busca incidir sobre quienes recién llegan y todavía no tienen una lectura formada del sistema universitario. La incógnita que queda abierta es si esta estrategia alcanza para sostener consensos duraderos o si, cuando el clima político vuelva a calentarse, esas mismas obras volverán a ser leídas como parte de una disputa que nunca dejó de estar latente.


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