
Cordobers | Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
La última carrera de Eduardo Luro (Tercera parte)
“La gran batalla de los automovilistas argentinos se avecina. ‘El Segundo Premio Córdoba’, es de aquellas pruebas que con mayor razón puede tildarse de clásica, y donde, regularmente, los corredores nuestros compiten en igualdad de condiciones”, se leía en Caras y Caretas del 25 de abril, un día antes de la prueba cordobesa. Así se caracterizaba al circuito: “La Tablada- Villa Allende-Kilómetro 14, Rectas de Martinolli y La Tablada, (…) bajo la organización de esa otra importante entidad de aquella provincia: el Córdoba Automóvil Club”. Y agregaba el semanario: “Para esta prueba se han dado cita nuestros más hábiles y consagrados hombres del automovilismo deportivo. Será, sin duda, como aquella en que venciera Eduardo Luro, una memorable jornada de nuestro deporte del motor.”
El triunfo del piloto de Bahía Blanca estaba fresco en la memoria automovilística. El diario “Crítica”, varias semanas antes, al mencionar la proximidad del premio cordobés, enumeraba a algunos de los pilotos anotados y sus autos: “Leopoldo Pérez Irigoyen con Lincoln; Ernesto Zanardi con Alfa Romeo; Eduardo Carú (hijo), con Alfa Romeo; Bernardo Duggan con Hudson; Eduardo Luro con Stutz; Eduardo Pedrazzini con Ford; Ricardo Ocapo, con Ford Jevro; Ángel Marelli con Studebaker; Ermanno Bianchardi con Chandler especial; Alberto Metibier con Haynes; Ernesto Bósola con Flynt; Pedro Malcoin con Hudson; Rufino Luro Cambaceres con Stutz.” Varios otros pilotos serían participantes, entre ellos destacamos a Jorge Luro y Tomás Duggan.
Ese abril de 1925, Eduardo se había inscripto junto a su copiloto, Rodolfo Fígoli, con la ilusión de volver a adjudicarse el prestigioso premio del año. Para esta carrera, cambiaba su Packard por una máquina Stutz traída de los Estados Unidos. Su silueta sobresalía entre las de los otros volantes, ya que era “una máquina de pista, livianísima, con un volante de dirección que parecía una hoja de papel y el motor levemente inclinado hacia la izquierda” –según evocaba El Gráfico años más tarde–. Aportaba en una nota de octubre de 1933 Caras y Caretas, que en las vueltas de prueba del día anterior a la carrera, Luro había recorrido el circuito de La Tablada, “pulverizando todos los récords existentes”.
Siguiendo esta última nota del semanario porteño, se lee que “las apuestas daban a Eduardo Luro como favorecido”. Su máquina llevaba pintado el número 12.
Cuando Luro y Fígoli arrancaron “una ovación estruendosa partió espontáneamente de todos los pechos. Partía el candidato. Un arranque seco, un pique fulmíneo, y la desaparición momentánea de la pequeña máquina blanca. Su entrada en la cerrada curva de La Tablada, lo traicionó. El terreno arenoso, iba venciendo al hombre y a la máquina, la débil dirección de pista de aquella máquina, no respondía ya al llamado del conductor, y el coche con sus dos tripulantes: Eduardo Luro y Rodolfo Figoli, comenzó una serie de zigzags peligrosísimos.
La escena no se puede describir con exactitud. En pocos segundos aquel coche, que ya nadie podría dominar, fué rozando dos o tres árboles hasta embestir de lleno el último paraíso contra el cual se abrió netamente el chasis despidiendo a los dos corredores. Habían transcurrido de la partida unos 50 segundos, cuando una llamarada alta y llena de humo negro asombró a todos los que esperaban ver pasar, como un bólido de acero lanzado en la ruta, la blanca máquina de Eduardo Luro.”
El descontrolado Stutz embistió no solo árboles, sino también un automóvil en el que paseaba una familia cordobesa, falleciendo instantáneamente una joven mujer. La carrera resultó suspendida de inmediato, bajo el golpe de semejante tragedia. Eduardo Luro y Rodolfo Fígoli murieron ambos en el accidente.





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