
Córdobers | Caras y Caretas Cordobesas
Víctor Ramés
El brillo tenue de Octavio de Rochefort (Cuarta parte)
Contada en 1923 la historia por el periodista de “Caras y Caretas”, con mucho de voz propia de Octave de Rochefort-Luçay brindándose a los oídos de la prensa, el periplo en torno al personaje francés de alcurnia nobiliaria y, aún más, de ascendencia democrática por virtud de su padre Henri de Rochefort, podría concluir ahí mismo. Pero se recoge la pluma, junto con una pregunta: ¿por qué no compartir otra fuente que viene en ayuda, para darle una vuelta más de tuerca a la figura del marqués hijo de revolucionario, ya definitivamente radicado en Buenos Aires con su familia? Es decir, situados doce años más tarde que el reportaje de “Caras”,
la revista “El Hogar” redescubría “la nota” que representaba para el olfato periodístico ese hombre de historia particular, y de cuño internacional, que vivía casi retirado en Caballito, Buenos Aires, con la su esposa la marquesa, su hijo el conde Claudio y su hija menor Germaine. Eran, al menos, las cuatro personas que figuraban en una fotografía de la otra publicación porteña.
Octavio contaba 54 años (había nacido el día 14 de julio, día para tomar la Bastilla, cálculo certero del tirador de dardos periodísticos Henri, su padre), cuando “El Hogar” dio con él. La entrevista cuenta una historia parecida, pero a la vez bien diferente a la de “Caras”; para empezar, más extensa. Con coincidencias también, como si el entrevistado mirase el mismo punto desde un ángulo diferente. Henri, el héroe de la familia, es traído por recuerdos y anécdotas que seguramente Octavio habría contado muchas veces.
Apareció el 13 de septiembre de 1935. La introducción del artículo mencionaba el atractivo que ejercen en la prensa ciertos seres que habiendo estado cerca de la luz internacional (europea en la mayoría de los casos), eligieron vivir en la Argentina.
“La crónica diaria ha demostrado ya, con excesiva abundancia, cómo conviven ignorados en la ciudad múltiple los que en las cinco partes del globo tuvieran en un momento dado el cetro de la gloria, el triunfo o la popularidad, y que por uno de esos circunstanciales vuelcos de la fortuna o por quién sabe qué contingencia del destino, han llegado a nuestras playas atraídos por la peculiaridad de nuestro ambiente, que permite quedar olvidado.”
La búsqueda del olvido de las luminarias, eligiendo un lugar más sombreado, es una hipótesis del reportero, que continúa aproximándose a la figura de su entrevistado:
“De tanto en tanto, el periodista sorprende alguna de estas figuras, y el hombre que inventó en Norte América el aparato más sensacional, el banquero que se hundió con millares de accionistas, el revolucionario fracasado, el explorador neurasténico, la bailarina olvidada, vuelven a ser objeto del comentario general. Pero pasa ese instante y siguen siendo ilustres ciudadanos, desconocidos hasta del mismo vecindario.”
El escriba de “El Hogar” refería una conferencia reciente que versaba sobre Henry de Rochefort, dada por el destacado historiador y ensayista francés Daniel Halévy, y que había concluido con un sorpresivo descubrimiento para el conferencista:
“Daniel Halévy preparó para la ‘élite’ intelectual de Buenos Aires su conferencia sobre el gran hombre, sin sospechar que el día de su conferencia recibiría una visita extraordinaria: ¡el hijo de Henri Rochefort, marqués Octavio de Rochefort-Luçay, ingeniero electrotécnico, se hallaba en la Argentina...!”
Esa salida a la luz de Octavio fue un perfecto señuelo para el periodista, al redescubrir la figura del noble habitante en la Argentina. A diferencia del regodeo ante “Caras” 12 años atrás, Octavio manifestaba esta vez su asombro ante el interés del periodista de la revista “El Hogar”.







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