El hombre que inventó el gualambao

No contento con elaborar canciones sobre la paleta rítmica misionera, Ramón Ayala –fallecido la semana pasada a los 96 años- se lanzó a crear un estilo nuevo, de su propia autoría, que buscaba conjugar una dosis de todos los géneros conocidos hasta ese momento en su provincia.

Cultura 12 de diciembre de 2023 J.C. Maraddón J.C. Maraddón
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J.C. Maraddón


A comienzos del siglo diecinueve, como derivación de un antiguo género alemán llamado “hopser”, se puso de moda en Francia el ritmo “galop”, que debía su nombre a que se lo bailaba dando saltitos, como si fuera el galope de un caballo. Mucho antes de que el coreano PSY se hiciera popular con su tema “Gangnam Style” y una coreografía en la que simulaba estar cabalgando, en los salones parisinos practicaban esta danza a la que se considera como un antecedente directo de la polka, que tuvo su epicentro de difusión en Praga, desde donde se expandió por todo el continente europeo.

Cuando se propició el arribo de la inmigración a la naciente Argentina, aquellos que llegaban desde ese continente trajeron consigo muchas de sus costumbres, que fueron incorporadas al acervo de nuestro país, mixturadas con rasgos culturales autóctonos que se avenían a tal influencia y que daban lugar a expresiones híbridas de enorme arraigo. Entre lo que aportaron entonces los inmigrantes, además de su trabajo, su huella idiomática y sus ideas políticas, se deben destacar esas tendencias musicales que estaban en boga en Europa y que cobraron popularidad en este lado del mundo, adaptadas según el gusto local.

En el Litoral, donde muchos de estos recién venidos se afincaron, los sones europeos extendieron su influencia y propiciaron el uso de instrumentos como el acordeón o el arpa, hoy ya naturalizados en nuestro folklore, por muy exótica que haya sido en aquel tiempo su utilización. A la par de géneros como el chotis y el vals, la polka se popularizó en el noroeste argentino y se fusionó con la herencia del chamamé guaraní, en tanto que el galop francés pasó a denominarse galopa y cobró nuevos bríos en toda la región, incluyendo Paraguay y una franja fronteriza de Brasil.

Durante la primera mitad del siglo veinte, Misiones se transformó en un crisol de razas y culturas, que mostraban la fuerza del legado de los pueblos originarios, unida al bagaje centroeuropeo y al imprescindible componente afroamericano. A pesar de tratarse de un territorio pequeño, la riqueza de sus manifestaciones musicales se hizo cada vez más presente en el panorama nacional, que dio cobijo a sus principales referentes, como por ejemplo Ramón Ayala (cuyo nombre real era Ramón Gumercindo Cidade), cantor, compositor, artista plástico y poeta misionero nacido en Garupá (cerca de Posadas) en 1927 y fallecido en Buenos Aires la semana pasada.

No contento con elaborar canciones sobre esa paleta rítmica de su provincia, hacia finales de la década del cincuenta Ayala se lanzó a crear un estilo nuevo, de su propia autoría, el gualambao, que buscaba conjugar una dosis de todos los conocidos hasta ese momento en Misiones, para dar lugar a lo que él denominó “el ritmo misionero por excelencia”. Aunque la academia sugiere no categorizar como “folklórica” a esta invención de Ramón Ayala, la propagación del gualambao ha sido imparable durante los últimos 60 años y de esto da fe su apropiación por parte de músicos de otros países.

Es muy instructivo observar cómo el mismo Ramón Ayala explica de qué se trata el gualambao en el documental biográfico que rodó en 2013 Marcos López, un filme exquisito que obtuvo el premio del público en la edición de ese año del festival Bafici. Disponible en YouTube y en otras plataformas virtuales, la película ayuda a comprender la magnitud de la obra de este artista que, según allí se aprecia, valoró su primera presentación en el Festival de Cosquín, en 2009, como una oportunidad para que el público en general que coreaba canciones como “El cosechero” o “El mensú”, conociera por fin quién era el que las había compuesto.

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