Caras y caretas cordobesas

Una página sobre “Curiosidades” del semanario tomaba nota sobre el más antiguo cochero fúnebre en servicio en Córdoba, Silenio Flores, que contaba treinta y seis años de oficio. La misma sección se refería a la flacura inadmisible de los caballos del tranvía cordobés.

Cultura 24 de abril de 2024 Víctor Ramés Víctor Ramés
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Tres aspectos de “rarezas” cordobesas, en una sección de “Caras y Caretas” de 1906.

Por Víctor Ramés
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Coches fúnebres y caballos flacos

Quién sabe si habrá llegado a manos del humilde auriga cordobés Silenio Flores, un ejemplar de la revista Caras y Caretas del 25 de agosto de 1906 que le dedicaba un breve espacio en ocasión de sus 36 años de conductor de coches fúnebres. La sección se titulaba Portfolio de curiosidades, donde el cochero compartía la página con otras “rarezas”, entre ellas una mención a la flacura extrema de los caballos del tramway de Córdoba. La publicación porteña estaba dirigida a un público que la escuela sarmientina había logrado alfabetizar, lo que no daba cuenta de la distancia cultural que separaba a los lectores habituales del semanario de los de extracción más popular. 

Lo cierto es que Silenio había tomado las riendas en 1870 para transportar a personas fallecidas al cementerio. Y si bien el anónimo conductor de coches no aparecía personalizado en los diarios locales de esas tres últimas décadas del siglo diecinueve, sí contamos con información acerca de su oficio, de los servicios de sepelio y las quejas que se levantaban a través de la prensa, sin una palabra de satisfacción referida a los traslados que se hacían hasta la última morada. De aquellos cocheros, Silenio era sin duda el decano, como se lo consideraba en 1906, causa de su inclusión entre las “curiosidades”, y la breve nota al pie de un par de fotos suyas donde se ve al trabajador luego de sus tres décadas y media, sentado en lo alto del coche que un epígrafe de Caras y Caretas llama, bien porteñamente, “fiambrera”. Esto decía el texto de la noticia: 

“Silenio Flores, comprovinciano del presidente de la república, es el enterrador de más larga fama en Córdoba y en muchas leguas a la redonda. Cuenta 36 años de ‘servicios’, ha conducido, término medio, 1.100 muertos por año, es decir, 39.600 almas, la población entera de aquella capital hace cuatro lustros. Tan acostumbrado está a su ocupación, que el día que disminuye la mortalidad, Flores siente nostalgias y piensa alarmado en la triste suerte de la humanidad que no muere ...

El presidente ... pero no: punto en boca.”

La falsa discreción del final, fingiendo reprimir la idea de que José Figueroa Alcorta bien podría ir acostado en el interior de la carroza de Silenio, resume la idea de que Córdoba, cuna del presidente Pepe, no era bien vista por varios pares de ojos porteños, entre los que sin duda se contaban los del cronista de la sección curiosa.

Del año en que Silenio Flores se iniciaba en su luctuoso oficio, brindan información los dos matutinos rivales de entonces, hermanados en la crítica al servicio de sepelios cordobés. El Progreso, en una nota de 1870 titulada Carros fúnebres, mencionaba a su competidor y expresaba:

“El gacetillero del Eco dedica algunos versos a este ser antediluviano. Añadiré lo que decía últimamente un extranjero, al ver pasar a este representante de la indolencia municipal: «Si muero en esta ciudad, corpo de Cristo, más vale arrastrarme a la cola de un caballo que ponerme en este basural».”

El Eco de Córdoba, por su parte, explicaba la existencia de dos carros fúnebres en la ciudad, uno para ricos y otro para pobres, y sobre el de mayor categoría, opinaba: “El carro fúnebre de los ricos no alcanza a ser ni como el más pobre carricoche de aldea. Es sucio, asqueroso, de un aspecto verdaderamente fúnebre, pues si los muertos pudieran protestar, dirían que la majestad de la muerte está allí deprimida, porque ni por burla pudieran usar en otras partes semejante mueble para conducir los cadáveres a su última morada. Dicho esto, del carro de los ricos, nos creemos excusados para hablar del de los pobres.”

Que esa situación venía de lejos, se constata en una publicación del diario El Imparcial, en 1856, que señalaba: “Nos ha llamado la atención el mal estado de los carros que hacen este servicio y sería de desear que si la Policía no puede mejorarlos sacase a remate ese ramo. Los carros fúnebres que hoy tenemos son indignos de la culta ciudad de Córdoba, tanto por el desaseo que en ellos se nota, como por el feo aspecto que presenta el conductor de ellos, cuyo traje es las más veces impropio hasta para presentarse en las calles”.

Y en 1860, El Eco Libre de la Juventud afirmaba que “el carro fúnebre de la primera clase es un carromato inservible, tanto por su figura cuando por su estado de deterioro y desaseo en que se encuentra. La sola vista de él produce una malísima impresión. Todo hecho pedazos, desteñido y empolvado, a lo que se agrega el tiro que lo arrastra, compuesto de una mulita y un mal caballo, espectros ambulantes…”. Respecto al auriga, un antecesor de Silenio Flores en el oficio, agregaba El Eco: “El sepulturero hace juego con el carro y los caballos, pues su aspecto asqueroso no nos representa sino la imagen de la muerte, su procurador en la tierra.”

Dejando ahora en paz a Silenio y a los detractores del servicio fúnebre, tomamos nota de la otra “curiosidad” cordobesa en la que se detenía Caras y Caretas, referida a la extrema delgadez de los pobres caballos de tiro que aún corrían delante de los tramways: 

“En Córdoba, la ciudad natal de Silenio Flores y del presidente de la república, existe otro prodigio: el prodigio de flacura de los caballos del tranvía, los que, a pesar de las enormes mataduras, trotan y trotan, en pos de una jubilación que no llega ....

Y en cuanto al tranvía, tan pronto marcha de este a oeste como a la inversa.”

Es posible que lo dicho por el semanario tuviera su fuente en un comentario como el que sigue, publicado el 1° de mayo del mismo año 1906, por el matutino La Voz del Interior sobre el Tranvía Argentino: 

“Una triste impresión recibe el espíritu al contemplar los coches desvencijados de esta empresa que como ruinas ambulantes atraviesan las calles de nuestra culta ciudad arrastrados por jamelgos espantosamente flacos, llenos de lacras que sangran al rudo contacto de los arneses y del látigo, o palo que acaricia sus lomos para avivar el incierto paso de la lenta marcha.”

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