Lágrimas que se inclinan

Si bien ya se sabía que estaba internado en una sala de cuidados intensivos, la comunidad musical recibió con sorpresa y un profundo dolor la noticia de la muerte de Javier Martínez, ese pionero del rock argentino que en el año 2000 realizó una insólita incursión por Córdoba.

Cultura 06 de mayo de 2024 J.C. Maraddón J.C. Maraddón
ilustra javier martinez

J.C. Maraddón

Como les sucedió a varios de los pioneros del rock en la Argentina, para el común de la gente Javier Martínez quedó anclado en su período junto al trío Manal y no pudo después desarrollar una carrera que superase en el reconocimiento popular aquel aporte monumental que hizo con ese grupo entre finales de los sesenta y principios de los setenta. Ninguno de sus proyectos posteriores le reportó un suceso mayor al que consiguió en los tres años de la primera etapa de Manal, ni siquiera cuando el terceto se reunió en 1980 para brindar una serie de recitales y grabar un disco que no tuvo demasiado eco.

Durante más de medio siglo, el legendario baterista, cantante y compositor de esa formación seminal para el blues en castellano, luchó a brazo partido contra ese injusto sino que lo condenaba al olvido, después de haber sido uno de los fundadores de un género que estaba destinado a imponerse. Aquel repertorio histórico de Manal era citado hasta el hartazgo en cualquier ataque nostálgico que buscara determinar lo mejor del rock local, pero muy pocos se preocupaban por seguir los pasos de quienes habían protagonizado la hazaña de componer e interpretar canciones rockeras en un idioma que no fuese el inglés.

Por desafiar a esa indiferencia a la que quizás se terminó acostumbrando, fue que Javier Martínez aceptó en noviembre de 2000 acoplarse como invitado a un show que iba a ofrecer la Crosstown Traffic, una banda blusera cordobesa que en ese entonces atravesaba por su gran momento. Hueso Horsmann, que se encargaba de organizar ese espectáculo, fue quien se propuso llevar a cabo la iniciativa de sumar a uno de los referentes bluseros más conspicuos en el país. Sin embargo, a la Crosstown no le cerró la idea y prefirió actuar a solas, en tanto Martínez ya se aprestaba a venir a Córdoba.

Cuando el proverbial batero hizo su arribo a la ciudad, con 54 años a cuestas, recibió una propuesta que le pareció más que aceptable: con motivo de su cumpleaños, Hueso iba a celebrar tocando en compañía de amigos en el Centro Cultural General Paz. Gustoso, Javier Martínez subió al escenario a cantar temas de Manal ese 10 de noviembre de 2000, junto al propio Hueso en teclados, Tincho Siboldi y Marcelo Decall en guitarras, Popi Pedrosa en batería y Federico Geier en bajo, en un concierto difícil de borrar en la memoria de quienes estuvieron presentes esa noche.

Después del show, Javier Martínez se fue de juerga con el cumpleañero y algunos de los otros músicos, en una caravana que culminó al día siguiente cuando Hueso Horsmann invitó al ex Manal a almorzar a su casa en Villa Allende. Y así fue como los padres de Hueso departieron con ese señor que era el ídolo de su hijo y que, a pesar de contar con pergaminos de sobra para ser considerado una estrella, no renegaba de compartir la mesa familiar con ese admirador y colega cordobés que había oficiado de anfitrión durante su estadía en la ciudad mediterránea.

Si bien ya se sabía que estaba internado en una sala de cuidados intensivos, la comunidad rockera recibió con sorpresa y un profundo dolor la noticia de la muerte de Javier Martínez el sábado pasado, a los 78 años. En las redes sociales, colegas y seguidores se expresaron con palabras conmovedoras sobre la figura de este artista que deja un legado admirable. La anécdota sobre aquel viaje suyo a Córdoba en el año 2000, pinta de cuerpo entero al autor de versos como: “Luz que muere/ La fábrica parece un duende de hormigón/ Y la grúa/ Su lágrima de carga inclina sobre el Dock”.

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