
Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.
Noticias de una alarmante inundación de zonas de la ciudad de Córdoba, se encuentran en “Caras y Caretas” el 25 de abril de 1903. El agua penetró entre el 8 y el 12 de abril en la capital mediterránea, y marcó el final para el “dique Gral. Belgrano,” donde solían hacerse regatas.
Cultura11 de noviembre de 2024
Víctor Ramés
Por Víctor Ramés
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Inundación y fin del Lago de Regatas (Primera parte)
“Días terribles, de indecible angustia, han pasado los habitantes de Córdoba durante la segunda semana de abril, a causa del peligro de la inundación que amenazaba arrasar la ciudad como arrasó arboledas y rancherías en las sierras, llevados luego por la impetuosa corriente a muchas leguas de distancia.”
Así comenzaba el informe ilustrado con fotografías que enviaba desde Córdoba el corresponsal de Caras y Caretas, en abril de 1903. La ciudad de Córdoba contaba con antecedentes del desborde del río Primero que muchas veces bajó furioso de las sierras, sembrando el terror y la destrucción. La memoria inquietante de las aguas se remonta en la ciudad del centro del país tan lejos como 1612, en que las actas del Cabildo recogían un relato devastador. La inundación más reciente había dejado su huella poco más de una década atrás, en diciembre de 1890. Sobre la de 1903, el semanario porteño reflejaba cómo la desmedida tormenta y crecida del río traía al imaginario la posibilidad de que el Dique San Roque, inaugurado precisamente en 1890, cediera a la fuerza de la corriente. Y traía también de vuelta a sus constructores, esas grandes figuras de Carlos Cassafousth y de Juan Bialet Massé, quienes terminaron atrayendo las culpas del juarismo, cuyo poder había caído a esas mismas horas finales de siglo.
Junto a facetas del miedo, el revanchismo y el odio cordobés, se cuenta entre los episodios de la inundación cordobesa que alcanzó su pico máximo en los días 10 y 11 de abril de 1903, en la publicación satírica y periodística de Buenos Aires, un foco especial dedicado al Lago de Regatas, o dique Belgrano. Este embalse había cerrado sus compuertas en 1896 para abrir un lago artificial junto al puente Juárez Celman (hoy puente Centenario), donde los remeros podían ejercitar sus músculos y los y las paseantes disfrutar de momentos de expansión. En abril de 1903, siete años después de inaugurado, se puso fin al experimento de las regatas, y el dique fue dinamitado para alejar el peligro urbano de sus aguas embalsadas y la amenaza sanitaria que venía denunciando la prensa. También habían ocurrido varios episodios de ahogados y el sitio se había convertido en una opción para suicidas.
De esa historia y de la información de Caras y Caretas trata el par de notas que aquí comienza. Proseguía de este modo su informe la publicación porteña de abril de 1903:
“El mayor temor, cuando la zozobra se apoderó de todos los ánimos, fue el 11, en que pareció inminente la destrucción del dique de San Roque, enorme lago artificial que represa el agua destinada al consumo. A consecuencia de las últimas lluvias, cuya intensidad se ha hecho sentir en toda la república, pero especialmente en aquella provincia, ascendió el nivel de las aguas en el dique a dos metros más arriba de los vertederos, hecho desconocido hasta entonces, no obstante el recuerdo de fortísimas crecientes. Baste decir que en los cuatro días anteriores cayeron 112 milímetros de agua, es decir, dos terceras partes del total que suele llover en un año, para explicar el porqué de la monstruosa avenida que desbordando del San Roque y rebalsando el rio Primero llegó a formar en éste un verdadero torrente que ocasionó perjuicios considerables en diques particulares y fábricas del trayecto, hasta la misma población, que invadió en el barrio Este hasta la plaza General Paz. Ya antes de haber alcanzado las aguas el máximum de altura -35 metros y 28 centímetros- y ante los destrozos de la usina Molet, cuyos galpones a dos kilómetros bajo el dique fueron arrastrados, y de la usina de luz y fuerza en que subió el agua a 2 metros, interrumpiendo el servicio de alumbrado público, —los habitantes esperaban con el terror imaginable la ruptura de la magna obra del San Roque, contribuyendo a esta creencia las medidas extraordinarias que fue necesario adoptar, como la voladura del dique Belgrano, de regatas, para facilitar la corriente, en cuya operación estuvo a punto de perecer el ingeniero Romagosa, salvándose gracias al arrojo del sargento Zapata, a quien ahora trata de premiar el pueblo.”
La narración es vívida y da cuenta de la buena labor del periodista repasando las bases concretas del miedo que asaltó a la población de la capital, como de todos los poblados del trayecto del río en su bajada caudalosa. Los daños de La Usina Molet, inaugurada en 1901, hoy museo de la electricidad, no fueron irreparables y pronto la usina volvió al servicio.
La inquietud general pululaba en los miradores desde donde se podía observar el temperamento del agua y la amenaza que se cernía sobre ciertos sectores de la ciudad. Pero pronto sobrevendría la calma. Damos otro vistazo al relato de Caras y Caretas:
“Más de 8.000 personas se reunían en esos momentos cerca del río para presenciar los avances de la inundación y el desalojo que hacían de sus viviendas las familias de los alrededores.
El ingeniero Belisario Caraffa, director del dique, lo propio que las autoridades municipales y provinciales, desde los primeros momentos habían adoptado todo género de precauciones para evitar mayores desgracias en caso de producirse el acontecimiento que se temía, no obstante las seguridades que el primero había dado, convencido de la resistencia formidable que a la enorme presión ofrecía el dique.
Y he aquí que entre los temores de los unos y las interesadas afirmaciones de los otros, cuando el agua alcanzó su mayor altura y empezó el 12 a descender, la confianza renació de pronto en la población, esparciéndose después un rumor favorable, transformado luego en franco aplauso a la memoria del ingeniero Cassafousth, insigne autor de aquella verdadera obra de romanos y del doctor Juan Bialet Massé, empresario del trabajo, calumniados, acusados, vilipendiados ambos en no lejana época por supuestas deficiencias del dique, en el que ojos llenos de maldad «llegaron a ver» rajaduras y puntos vulnerables.”

Es uno de esos viernes de fin de año, donde las carteleras se superponen, el movimiento se duplica, la oferta se diversifica. Hay en la ciudad una vida artística y cultural contagiosa que expresa y convoca a las tribus.

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