Cosquín 2027: la internacionalización del Festival como apuesta cultural y económica para todo Punilla

La presencia de delegaciones de Perú, Paraguay, Uruguay, Bolivia, Japón en la próxima edición del Festival Nacional de Folklore anticipa una estrategia que busca trascender las fronteras del espectáculo. Raúl Cardinali apunta a consolidar a Cosquín como epicentro de un circuito cultural internacional, capaz de atraer visitantes, generar divisas y dinamizar la economía de todo el Valle de Punilla. La experiencia de La Renga dejó una señal concreta sobre el potencial económico de la Plaza Próspero Molina.
Cultura06 de noviembre de 2026 Página especial

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Hay una decisión política detrás de la grilla del Festival Nacional de Folklore de Cosquín 2027 que merece una lectura más amplia que la estrictamente artística. La incorporación de delegaciones internacionales de distintos continentes y países de América Latina expresa una voluntad de abrir el escenario Atahualpa Yupanqui a otras culturas, pero también de proyectar a la ciudad hacia un mercado turístico que excede ampliamente las fronteras nacionales.

La 67.ª edición, prevista entre el 23 y el 31 de enero de 2027, presenta una programación que combina grandes figuras de la música argentina, nuevas generaciones, expresiones populares y una presencia internacional distribuida en distintas lunas. Perú, Paraguay, Uruguay y Bolivia tendrán sus delegaciones. A esto se suma la presencia de Los Jaivas, histórica agrupación chilena, que amplía el carácter latinoamericano de la programación. No se trata solamente de sumar artistas extranjeros: se trata de construir un festival que pueda reconocerse como punto de encuentro entre identidades culturales.

La iniciativa abre una oportunidad que tiene una dimensión cultural, diplomática y, fundamentalmente, económica. Internacionalizar Cosquín significa trabajar para que el festival deje de ser únicamente un destino de turismo interno y se convierta también en una referencia para visitantes de países vecinos. El público paraguayo, boliviano, uruguayo, peruano o chileno puede encontrar en la Plaza Próspero Molina una razón para viajar, permanecer varios días en Córdoba y consumir servicios turísticos en la región.

En un contexto económico complejo, donde la hotelería, la gastronomía, el comercio y los pequeños prestadores turísticos necesitan recuperar niveles de actividad, pensar el festival desde esa perspectiva supone una definición política concreta: utilizar la cultura como herramienta de desarrollo regional. Cada visitante que llega desde otro país representa una oportunidad de ingreso de divisas, noches de alojamiento, mesas ocupadas, traslados, compras y contratación de servicios. El desafío consiste en que ese movimiento no quede concentrado exclusivamente en las nueve noches de espectáculo, sino que se traduzca en una temporada de actividad para toda la región.

Pero la internacionalización también tiene otra dimensión, menos visible en términos comerciales y quizás más profunda en términos de identidad. Córdoba y la Argentina cuentan con comunidades de origen boliviano, paraguayo y peruano que forman parte de su entramado social, laboral y cultural. Para miles de familias que viven en la provincia y en distintos puntos del país, la posibilidad de ver a sus expresiones tradicionales representadas en el escenario mayor del folklore argentino tiene un significado que trasciende el espectáculo.

Que una delegación de Bolivia o Paraguay pueda compartir el escenario Atahualpa Yupanqui significa reconocer que la cultura popular no entiende de fronteras rígidas. Esas comunidades también construyen la identidad de nuestra sociedad. Sus danzas, sus músicas, sus vestimentas y sus tradiciones forman parte de una diversidad que merece un lugar en los grandes acontecimientos culturales del país. Cosquín tiene la posibilidad de convertirse en ese espacio de reconocimiento y pertenencia: una plaza donde las culturas puedan encontrarse sin perder aquello que las hace propias.

En esa dirección, las relaciones internacionales dejan de ser una agenda protocolar para convertirse en una política pública. Los vínculos con representaciones diplomáticas, consulados, municipios y organizaciones culturales extranjeras pueden generar intercambios artísticos, circuitos turísticos, acuerdos de cooperación y nuevas oportunidades de promoción. La relación con Japón, por ejemplo, a través del hermanamiento con Kawamata, demuestra que los lazos culturales pueden tener continuidad institucional y proyectarse mucho más allá de una presentación artística. El objetivo es que cada delegación que llegue a Cosquín pueda convertirse también en un vínculo que permanezca durante el resto del año.

La apuesta de Raúl Cardinali, en su doble condición de intendente de la ciudad y presidente de la Comisión Municipal de Folklore, apunta precisamente a ampliar esa escala. El desafío no consiste solamente en organizar un festival exitoso, sino en utilizar el principal capital simbólico de Cosquín para posicionar a Punilla como una región de encuentro cultural y turístico. Y en esa estrategia hay una premisa que resulta difícil de discutir: el festival tiene una dimensión que supera la capacidad física y territorial de la propia ciudad.

Cosquín es el epicentro, la marca, la referencia y el escenario donde sucede el acontecimiento. Pero la magnitud de su convocatoria necesita necesariamente del Valle de Punilla. La hotelería de localidades vecinas, los establecimientos gastronómicos, el transporte, los comercios y los prestadores turísticos de toda la región forman parte de una misma cadena económica. Pretender que semejante movimiento quede contenido en los límites de una sola localidad sería desconocer la verdadera dimensión del fenómeno.

Por eso, la idea de consolidar a Punilla como un gran corredor de encuentro cultural tiene una lógica regional. Cosquín debe llevar la batuta, conservar su centralidad y ejercer el liderazgo cultural, pero también debe ser capaz de convocar al resto del valle a participar de los beneficios que genera su festival. La ciudad no pierde protagonismo cuando la actividad se extiende a las localidades vecinas; por el contrario, lo fortalece cuando logra convertirse en el motor de una economía regional integrada.

La experiencia reciente de La Renga ofrece una referencia concreta para comprender esta mirada. El recital del 17 de octubre de 2026 en la Plaza Próspero Molina convocó a más de 25.000 personas, agotó las entradas con más de diez días de anticipación y movilizó a visitantes de distintos puntos del país y de países vecinos. La propia Municipalidad destacó el movimiento económico generado en la ciudad y el impacto sobre distintos sectores comerciales.

Aquella noche dejó una enseñanza que va más allá del género musical. Una infraestructura cultural de primer nivel, cuando logra convocar públicos masivos, puede convertirse en un instrumento de desarrollo económico. La Plaza Próspero Molina demostró que no es solamente el templo del folklore argentino: también tiene capacidad para recibir acontecimientos de alcance nacional, movilizar visitantes y generar oportunidades para los trabajadores de la región. La Renga fue una muestra de lo que sucede cuando Cosquín logra atraer públicos que, de otra manera, quizás no hubieran elegido el Valle de Punilla como destino.

La misma lógica puede proyectarse hacia el turismo internacional. Si un recital de rock puede movilizar miles de personas desde distintas provincias y países vecinos, un festival que cuenta con reconocimiento internacional, una historia cultural de décadas y una programación que incorpora expresiones de distintos países tiene condiciones para profundizar ese camino. La diferencia está en transformar esa convocatoria en una estrategia sostenida de promoción turística y relaciones culturales.

La programación de 2027 parece avanzar en esa dirección. La presencia de delegaciones internacionales, la participación de artistas de diferentes generaciones y la incorporación de propuestas que dialogan con otros públicos muestran que Cosquín busca ampliar su capacidad de convocatoria sin resignar su identidad. La participación de Trueno en la última luna, Q' Lokura y Los Jaivas son ejemplos de una programación que entiende que la tradición no tiene por qué permanecer inmóvil. El folklore conserva su raíz, pero necesita dialogar con las nuevas generaciones y con otras expresiones populares para seguir siendo una cultura viva.

En definitiva, la internacionalización del Festival no debería medirse únicamente por la cantidad de delegaciones extranjeras que suban al escenario. Su verdadero alcance estará en la capacidad de convertir esos vínculos en visitantes, intercambios, inversiones, promoción turística y oportunidades para los sectores productivos de Punilla. Para eso será necesario sostener una agenda de trabajo durante todo el año, articulando a la Comisión Municipal de Folklore, el municipio, las localidades del valle, el sector privado y las representaciones internacionales.

En tiempos en los que los municipios enfrentan restricciones económicas y una creciente demanda social, apostar por la cultura como motor económico supone también una forma de gestionar. No alcanza con administrar la crisis: hay que buscar oportunidades, generar movimiento y construir herramientas para que los recursos circulen dentro de la comunidad. La cultura, en este esquema, no es un gasto aislado ni un acontecimiento reservado a unos pocos días de enero. Es una actividad que puede generar empleo, fortalecer emprendimientos y sostener a miles de familias vinculadas directa o indirectamente con el turismo.

Porque Cosquín no necesita dejar de ser la capital nacional del folklore para convertirse en una referencia cultural internacional. Necesita comprender que su mayor fortaleza está precisamente en esa identidad y en su capacidad de convocar. Si La Renga demostró que la Plaza puede movilizar a miles de personas y generar actividad económica más allá del folklore, la edición 2027 tiene la oportunidad de demostrar que esa misma capacidad puede proyectarse hacia otros países y culturas.

La apuesta política es clara: que Cosquín siga siendo el corazón cultural de la Argentina, pero que también se convierta en la puerta de entrada internacional a Punilla. Una ciudad que no se limite a recibir visitantes, sino que sea capaz de generar encuentros, construir relaciones y poner su patrimonio cultural al servicio del desarrollo de toda una región.

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