Caras y caretas cordobesas

Concluye en esta segunda nota el texto de una serie publicada por el semanario en 1901, titulada “Viaje al país de los Calchaquíes”, donde su autor, Carlos Correa Luna, hacía una crónica de la llegada a la ciudad de Córdoba.

Cultura17 de julio de 2024Víctor RamésVíctor Ramés
Panorámica sepia 1901
La ciudad de Córdoba en "Caras y Caretas", 30 de marzo de 1901.

Por Víctor Ramés

cordobers@gmail.com

Visita a la “doctora” ciudad (Segunda parte)

Antes de retomar el viaje enunciado en el título, relato del arribo en tren a la capital cordobesa, para luego seguir a Catamarca, destino final del autor y su acompañante, algunas palabras más sobre Correa Luna y su nexo con Caras y Caretas. Como ya se dijo, el historiador pasaría a dirigir la publicación en el año 1904 y hasta 1912. Es de interés conocer las relaciones que supo tender con el mundo intelectual desde la dirección de Caras y Caretas, de lo que da cuenta su correspondencia con personalidades de la época. De entre esos documentos sobresale una carta al genial Miguel de Unamuno, fechada en Buenos Aires, el 6 de enero de 1908, que acompañaba el envío por parte del director, del primer ejemplar de Caras y Caretas de ese año, donde aparecía la primera colaboración del escritor y filósofo español, y no la última, ya que Unamuno publicaría otros textos suyos. 

De 1909 data la carta de Correa Luna al poeta español Carlos Fernández Shaw, agradeciéndole el envío de dos colaboraciones suyas para la revista, y también guardan los archivos una misiva dirigida a Rubén Darío, proponiéndole al poeta nicaragüense una colaboración asidua en Caras y Caretas. Esta última correspondencia revela el interés de Darío por escribir en el semanario porteño, e incluso su aspiración a ser corresponsal de la publicación, según se deduce de la carta: “En cuanto a lo que ahora me dice respecto a su completa libertad de escribir -expresaba Correa Luna- por haber cesado su compromiso de empleado a sueldo de La Nación, me place porque Caras y Caretas contará así con su poderosa ayuda. Vamos a su propuesta de representante de nuestra revista en Londres. Crea en mi firme convicción de que mucho la honraría; pero, me veo precisado a manifestarle que Soiza Reilly tiene a su cargo la corresponsalía de toda Europa, con excepción de Madrid en donde, de antemano, la desempeñaba y sigue desempeñándola, el señor Antonio Sánchez Ruiz, facultado para trasladarse, cuando lo crea conveniente, de un punto a otro.” 

El escritor y periodista argentino Juan José de Soiza Reilly había sido enviado a París como corresponsal precisamente por Caras y Caretas (y también lo sería del diario La Nación), tendiendo allí relaciones estrechas con la bohemia latinoamericana afincada en la ciudad luz, entre ellos el propio Darío. Soiza Reilly entrevistó y publicó en “Caras” a personalidades como Vicente Blasco Ibáñez, Anatole France, Georges Clemenceau, Edmondo De Amicis, Gabriele D'Annunzio, Maurice Maeterlinck, entre otras, y al ya mencionado Miguel de Unamuno. 

Unos años antes de asumir la dirección del semanario, en 1901, Carlos Correa Luna publicó en “Caras” la nota que aquí -ahora sí- se retoma. Y la página prosigue, hasta el final, con una sabrosa descripción de esta etapa del viaje a Catamarca del autor. Su título: Llegada a Córdoba.
“¡Río 2°! El chopp reglamentario; y a las 2 ya divisábamos a Córdoba, la doctora ciudad mediterránea, de torres erguidas y cúpulas bañadas por el sol, emergiendo sobre el caserío apiñado entre las arboledas.
De pronto, en una vuelta del tren, vimos los ranchos, las casitas blancas, todo un cinematógrafo de edificios y el océano de techumbres amarilleando hasta el confín.
Indescriptible el barullo en la estación. Hasta los peones de interminable tonada, empequeñecían las notas de su registro para armonizar con el estruendo dominante...
¡Qué media hora pasamos! ¡El tren iba a salir y nuestros equipajes no podían acomodarse! ¿Cómo le iría al amigo Quincho?... Lo vi de lejos, metido en sus grandes botas al lado del equipaje; todo él con su casco, era blanco de las miradas de una colección de cordobesas risueñas...
Mientras íbamos de acá para allá, con los boletos, la guía y los trámites, no dejaba de observar. El cosmopolitismo estaba allí también, atropellando la calma clásica del interior: ¡la ciudad del doctor Ox existía, y Julio Verne debía saberlo! Casi estuve tentado de negar el acento, pero un formidable: «¿Onde'atán loj canasto'é tata?» lanzado a quemarropa, me volvió a la realidad, y, como si no fuera bastante, oí después: «¡Niña Clarita!
—¿Qué querés?— ¡ia si han perdío loj canastoó!»...
En Jesús María quedó una cuadrilla de elegantes señoritas. Las sierras, luego, empiezan melancólicamente a atraer nuestra atención, con su vago aspecto de moles silenciosas, y ya en Quilino gozamos de una puesta de sol soberbia, en que desde los grises y verde-oscuros de los primeros faldeos, hasta el azul desvanecido de las sierras lejanas, todos los colores se agolpan en torno del oro sangriento que desaparece...
En el andén, una nube de mujeres ofrece las mercancías de sus canastillos: frutas, pantallas, flores, cositas... son buenas chinas, gordinflonas unas, resecas las más, en eterno requiebro con los empleados del tren, mientras nada observe el milico seriote engreído de su melenita corta y de su gran sable que pincha corazones... Duraznos, higos, peras, tentadoras uvas, todo se ofrece, y al cabo de un rato algunas ventanillas se convierten en puestos de mercado, con los regateos y fraseología característicos.
Totoralejos a las 10 de la noche: la salina, espacios blancos circuidos de matas de jume; un vegetal valiente, chiquito, retorcido, compañero del cachiyuyo, con quien vive de milagro en aquella desolación... Pensaba en las víctimas de este desierto, en aquel ingeniero de la línea que se suicidó desesperado al perderse...
Pero el amigo Quincho me arrancó a estas tristezas. En Recreo nos abandonaba para continuar al norte, hasta Jujuy, y al estrecharme con sus grandes brazos, desde lo alto de sus botas y de su casco, picarescamente terciado, me dijo:
– Amigo, un consejo útil. En Calchaquí no diga nunca «sí» o «no». Cuando le pregunten algo prefiera responder: «¿Cómo será, pues, señor?»... si no, ¡lo van a tomar por un porteño botarate!
— ¡Adiós hombre del casco!
Carlos CORREA LUNA

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