Caras y caretas cordobesas

En esta segunda y última parte de la semblanza de Hilario Ascasubi, se concluye una cita de Caras y Caretas, y se exponen algunos pasajes de la agitada y curiosa vida del poeta y militar nacido en Fraile Muerto.

Cultura22 de enero de 2025Víctor RamésVíctor Ramés
ilustra aniceto el gallo (1)
Ya en su época se hacía hincapié en la identidad entre Ascasubi y Aniceto.

Por Víctor Ramés
cordobers@gmail.com

Pardo y cordobés, Ascasubi el Gallo (Segunda parte)

Completamos la cita tomada de Caras y Caretas del 6 de agosto de 1904, que presentaba una semblanza de Hilario Ascasubi de cuya muerte se cumplirían 30 años en 1905. El autor (Carlos Cordeyro Mármol) ofrecía un panorama biográfico del poeta y militar, luego de transcribir las líneas de una carta jocosa dirigida a su editor, al enviarle el libro “Paulino Lucero”. 

“Así en sus descripciones del combate del Tonelero, la batalla de Caa-Guazú, la corrida de toros en que se lució Rozas, el fusilamiento de Camila O'Goman, etc., Ascasubi se muestra tal cual es, en toda la fuerza de su talento.
A título de curiosidad, publicamos una carta en verso que envió a don Valentín Alsina ofreciéndole su libro Paulino Lucero, cuya contestación también en verso gaucho, se ve en facsímil.
«Aquí venía Señor / (Perdone el atrevimiento) /A entregarle un argumento /De Paulino el payador. /Lucero, tope o no tope, /Ahí le manda una versada /A ver, señor, si le agrada,/ Y yo no pierdo el galope. /Con que si me quiere dar /Cualquier contestación, /A recibirla Patrón /Vendré después de siestiar.»
“Hilario Ascasubi nació en Bell-Ville (Córdoba) el 14 de Enero de 1807. Muy joven, vino a Buenos Aires y comenzó sus estudios al lado de hombres como Montes de Oca, Acha, Vieytes y muchos otros que han dado lustre a sus apellidos. Fue en Salta, en 1824, donde escribió su primera composición a la batalla de Ayacucho. Ingresó poco después, en 1S25, en el batallón de cazadores de aquella provincia y asistió a la guerra del Brasil. En 1826, fue promovido al grado de teniente y entonces tomó parte en los combates que se libraron contra los caudillos del interior, insurreccionados contra el poder nacional.
Después de la derrota de Rincón de Valladares en la que se encontró a las órdenes del general La Madrid, huyó a las montañas que separan a Salta de Tucumán a donde regresó amparándose a la amnistía decretada por Quiroga.
Tomó parte en la revolución de 1828 bajo las órdenes de Lavalle.
Prisionero de Rozas, fue encarcelado y debió su libertad a los buenos oficios del Obispo Medrano.
Puesto en libertad, se vio obligado a huir a Montevideo, y allí permaneció los 9 años que duró el sitio, sirviendo a la causa de los patriotas.
Por último, tomó parte en la batalla de Caseros, que dio en tierra con la tiranía de Rozas. Años más tarde, el gobierno nacional premiaba sus servicios, dándole el grado de coronel. Por fin el 17 de Noviembre de 1875 murió en Buenos Aires, querido y admirado de todos, dejando a su patria el brillo de su talento.”

Intentando completar dimensiones de la existencia de Ascasubi, tomamos de aquí y allá fogonazos sobre aspectos curiosos de su vida. La noticia biográfica provista por Borges en Poesía Gauchesca, por ejemplo, daba estos datos sobre el adolescente Hilario, algunos tomados de sus propios escritos:

“A los catorce años partió, como tambor, a bordo de la goleta la Rosa Argentina, rumbo a la América del Norte. Según se refiere en Aniceto el Gallo, la goleta fue apresada por un corsario portugués y conducida a Lisboa. Ascasubi pudo escapar y erró varios años por Inglaterra y por
Francia. Sus misteriosas andanzas lo llevaron a Valparaíso; hacia 1822 cruzó la cordillera y llegó a Buenos Aires”.

En lo que refiere al “tinte” moreno del poeta, hay datos que consignan su “impureza” de sangre, como los que proporciona Juan Isidro Quesada en un artículo de la revista llamada -precisamente- Hilario. Allí se afirma que “sus orígenes familiares resultaban bien oscuros. Ya al intentar casarse en la década de 1820, la madre de su prometida, una señora de apellido Zemborain, le entabló juicio de disenso por considerarlo afrodescendiente, y lo ganó. Al casarse en Montevideo con quien sería su esposa también la familia de ésta le hizo similar juicio. Pero esta vez una justicia más correcta falló a su favor.
Ascasubi trató de ocultar sus verdaderos orígenes escribiendo en uno de sus numerosos libros que su padre tenía un origen español. Y ya de su madre no pudo ocultar quién era, pues en todo el Río de la Plata se sabía que era hija del Dr. Joseph Eugenio de Elías, conocido magistrado, y de una mulata cordobesa, como lo recuerda el Padre Grenón en uno de sus numerosos libros.” La entrada de Wikipedia dedicada a Ascasubi enuncia directamente: “Fueron sus padres Mariano de los Dolores Ascasubi, pardo libre hijo de Roque Ascasubi y Clara Ascasubi, esclavos y luego pardos libres, y doña Loreta de Elías, hija natural de Jacoba Carranza, pardas libres, todos cordobeses.”

Un último aspecto que aquí se incluye tiene que ver con la fortuna que logró reunir Ascasubi, que no procedió de sus afanes poéticos, ni militares, sino de su sagacidad como vendedor de lana, corredor de alhajas y panadero. Este último emprendimiento que desarrolló en Montevideo, le permitió hacerse de una gran riqueza. No solo la acumuló, sino que asimismo la consumió, con un sentido absolutamente generoso ya que se sabe que en Montevideo mantuvo y alojó a muchos exiliados que huían a la Banda Oriental perseguidos por el rosismo. Y en Buenos Aires también se mostró desprendido, tras la caída de Rosas, ya que invirtió casi todo su capital contribuyendo a la construcción del primer teatro Colón, inaugurado en 1857. La apertura del teatro contó con la actuación del renombrado tenor Enrico Tamberlick, quien entonó el Himno Nacional Argentino. Esa noche de estreno, según refiere Manuel Mujica Láinez, el palco reservado para Hilario Ascasubi se hallaba vacío y con un crespón negro, pues acababa de morir (de dejarse morir de pena por un amor roto) su hija más querida, Cristina Ascasubi Villagrán.

Hilario Ascasubi falleció dieciocho años más tarde, también en Buenos Aires, a los 68 años, habiendo perdido todo su patrimonio.

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