Caras y caretas cordobesas

Se ve en la revista, en 1914, a Lugones como personaje, al fondo de un relato. Y, fuera de sus páginas, a Lugones y flia. instalados en un suntuoso hotel parisino, apostando a la ascensión internacional del autor cordobés.
Cultura22 de diciembre de 2025Víctor RamésVíctor Ramés
Ilustración Córdobers Lunes 22 de Diciembre d-v

Por Víctor Ramés
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Construyendo a Leopoldo Lugones (Décima parte)

En el semanario buscamos presencias y también notamos ausencias de Lugones. Prosigue el silencio con el que Caras y Caretas había quedado fuera de un impacto en la órbita cultural como fueron las conferencias en el Teatro Odeón sobre el Martín Fierro –a la que no dejaron de asistir, ni Roca, ni el entonces presidente Roque Sáenz Peña, entre otros– . No se da noticias del Lugones real, aunque sí aparece su nombre evocado en relatos y en memorias de otros autores. 

De 1914 data la publicación de un relato del poeta y gran bohemio de los años finales del siglo XIX, Carlos de Soussens. La evocación se ambienta en la Cervecería de Luzio, uno de los bebederos de la generación de entonces, y allí aparecían personajes como Leopoldo Lugones y Rubén Darío, entre otros, que tenían función de “comparsa” en la historia, como parte habitual de la concurrencia a esos encuentros. Una broma pesada y elaborada de la que fue víctima el propio Soussens, motivaba su recuerdo. Este fue parte de una manipulación ideada por José Ingenieros y Alberto Ghiraldo, un reconocido “poeta, dramaturgo, narrador y periodista anarquista”, según es presentado por el Diccionario biográfico de las izquierdas latinoamericanas. Evidentemente ambos escritores amaban la chacota cuando no se hallaban en el Ateneo, como señalaba el propio Soussens en el recuerdo publicado por “Caras”. 

“Seráme perdonado lo largo de este prólogo cuando el lector sepa que. en general, los comensales éramos, con Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Roberto Payró, Eugenio Díaz Romero, el panameño Darío Herrera, Armand Vasseur que, en «illo tempore», usaba el apodo de Américo Llanos, el vasco Grandmontagne y, a veces, el malogrado poeta Carlos Ortiz, el elegante Leopoldo Díaz o el grave y bondadoso Luis Berisso. Empero, en nuestras bulliciosas reuniones que contrastaban ferozmente con la etiqueta del Ateneo —de ahí la excusa de mi prólogo— eran infaltables dos espíritus más que traviesos, endemoniados: el terrible Alberto Ghiraldo y el abominable Pepe Ingenieros, promotores ambos del espantoso drama que paso a relatar.”

No transcribiremos la historia completa, baste resumirla como un fino trabajo de encono sobre dos concurrentes a la velada, el propio Soussens (a quién le llenaban la cabeza contra un visitante italiano), y el itálico invitado, a quien convencieron de que Soussens era “un jesuita disfrazado”, “un espíritu maquiavélico”. Luego todo fue dejar leudar el rencor entre ambos, que los llevó incluso a retarse a duelo. Como se trataba de una comedia, en definitiva, no hubo otro vencedor que aquel que logró echar en sus fauces una botella de champán antes que el otro. La victoria fue de Soussens. 

Resultaba escasa la mención para mantener a Lugones en el candelero, por más que la ilustración del cuento era eficaz al mostrarlo en camaradería junto a la manada de literatos y periodistas consagrados en aquel fin de siglo. 

Entretanto, lejos de las páginas de “Caras”, la familia Lugones real había regresado a Europa después de las conferencias en el Teatro Odeón, en julio de 1913. La intención de Leopoldo era lograr que París se convirtiese en su lugar de residencia permanente, y la de proyectarse, en tanto el “poeta nacional argentino” que ya era, a un reconocimiento internacional. Su estrategia principal se centró en la creación de la Revue Sud-Américaine, proyecto que aunaba una ambición intelectual (la de difundir la cultura latinoamericana en Europa) a una aspiración económica: la de obtener unos emolumentos “lo suficientemente abundantes para que, junto con la vigencia del patrón oro, pudiera mantenerse inicialmente con su familia en el suntuoso hotel Lutetia del Bvd. Raspail antes de mudarse a un departamento en el elegante 16 arrondissement”, según puntualiza Fernando Devoto en Acerca de un intelectual extremo y sus fracasos.

Reuniendo capitales privados y públicos -un logro de Lugones nada desdeñable- logró financiar esa revista parisina, que se publicaba en francés, de la cual el cordobés era el director y Jules Huret (un galo entusiasta de la Argentina) su mano derecha. Se publicaron, desde enero hasta julio de 1914 siete números de la Revue, hasta que cambió el curso de los hechos y, en agosto de 1914, tras el último número de la publicación, coincidente con el estallido de la Primera Guerra Mundial, Lugones se embarcó con su familia definitivamente a Buenos Aires. Se cancelaba el intento de conquistar París como un intelectual sudamericano. 

Entretanto, 1914 llevaba consigo todavía un hecho simbólico de importancia: el fallecimiento de Julio A. Roca el 19 de octubre de 1914, en cuyo sepelio Lugones debía esmerarse, y lo hizo, al trazar un retrato digno de la significación histórica de un político, para él, máximo en su época, un tiempo que había llegado al ocaso; y era también el adiós a un amigo, un trance de hondo valor emocional. 

El poeta cordobés retomó contacto en Buenos Aires con la función pública, una fuente de ingresos nada desdeñable y siempre providencial. Fue nombrado profesor de la Universidad de la Plata, en este caso una gentileza de Joaquín V. González, y asumió en 1915 como director de la Biblioteca Nacional de Maestros, cargo que no abandonó hasta su último día.

Entretanto, en el foco de la época, abrazaba el escritor la causa de los aliados como propia, y la tragedia de la guerra, si bien no tan cercana, estimularía su oratoria. Transcurrió 1915 y en 1916 aparecería una nueva referencia lugoniana en Caras y Caretas, que sigue siendo el hilo del relato, y que dará continuidad a esta serie, en la siguiente entrega. También sería ese el año en que el radicalismo asumiría el poder, y Lugones hallaría un nuevo objeto discursivo en su quehacer público. 

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