
Apuntes brasileños para la Argentina de 2027
Javier Boher
Pasó la primera vuelta de las elecciones en Brasil y está lleno de análisis que nos dicen de quién es la culpa, cómo votaron las distintas regiones, si se castiga a los oficialismos o si se gira a la derecha, así que para no ser menos vamos a tratar de hacer algo desde estas páginas.
Aunque todavía no está todo cerrado (nuestros dos presidentes elegidos en ballotage perdieron en primera vuelta), casi todos descuentan un triunfo de Flavio Bolsonaro en la ronda siguiente. El hijo del ex presidente logró imponerse al frente interno y a los rivales extrapartidarios para convertirse en el candidato más votado, contra todo lo que anticipaban las encuestas.
Aunque la ciencia tiene sus propias explicaciones para lo ocurrido, los que tratamos de hacer análisis desde otro lado tenemos nuestra propia visión sobre lo que sucedió. Aunque todo análisis simplista va a pecar de errado, hay algunas variables que no se pueden desconocer.
Primero, el factor de la edad. Lo repito en cada elección y lo sostengo: los jóvenes votan padres, no abuelos. Cruzar la barrera de los 70 es letal para las aspiraciones de los candidatos, mientras que rondar los 50 es la condición para empezar una nueva hegemonía. Lula tenía 57 en su primera presidencia y Bolsonaro Junior ganó con 45.
Segundo, el desgaste del gobierno. El PT no produjo los cambios dirigenciales necesarios y tuvo problemas para renovar sus propuestas. Apostó por más de lo mismo en caras y políticas, pero la gente eligió otra cosa. La máxima dice que no ganan las oposiciones sino que pierden los oficialismos, lo que a la luz del candidato que se llevó el triunfo puede ser cierto.
Tercero, el hecho de que haya polarización del voto no significa que haya polarización ideológica, sino el funcionamiento básico de un esquema con dos opciones en el que no hay grises para votar en el medio. Por eso tampoco se puede asegurar que Bolsonaro vaya a repetir en la segunda vuelta: todos son ateos hasta que el avión empieza a caer.
Cuarto, el Estado ya no puede controlar la complejidad social. Estamos en un punto en el que el sector público no puede satisfacer todas las demandas de la sociedad, que tiene nuevos canales para organizarse y expresarse. Lo más tentador es tratar de ponerle límites a los algoritmos, pero es imposible hacerlo dentro del sistema democrático (sin quedar expuesto como un incapaz, un intolerante o un autoritario).
Personalmente le atribuyo menos peso que otros analistas a las creencias de los ciudadanos. Todos tenemos valores e ideas que nos definen, pero tenemos cierta flexibilidad a la hora de votar. La idea de que “Lula me mejoró la vida, pero el pastor me dice que votemos a Bolsonaro” es demasiado despectiva respecto a la capacidad de los votantes de saber qué les conviene. Quizás el problema del progresismo fue que otra vez le terminó hablando a clases medias y altas ilustradas en lugar de hacerlo a las clases populares, que se bancan muchas cosas que digan los políticos mientras perciban que están mejor. El obrero industrial de la periferia de las ciudades no está tan deconstruido como desean los intelectuales de izquierda.
La elección no está cerrada, pero seguramente le pegue distinto a candidatos y votantes, que corren el riesgo de mostrar su peor cara y espantar a los que no le prestan tanta atención a la política. No se puede esconder todo el tiempo la verdadera naturaleza.








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