
Un menjunje extraordinario
J.C. Maraddón
Para quienes conocieron a Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota en la década del noventa, cuando se convirtieron en pasión de multitudes, puede ser todo un desafío imaginar cómo fue que esa banda eclosionó desde los márgenes para instalarse en la consideración masiva. Mucho menos sencilla debe ser esa tarea para los que sólo conocieron al grupo por la información que iba trascendiendo en los medios, en especial cuando empezaron a realizar conciertos a los que asistían decenas de miles de personas provenientes de todo el país, que peregrinaban hacia el epicentro del show para tomar parte de las llamadas “misas ricoteras”.
Antes, mucho antes de eso, el Indio Solari, Skay Beilinson y sus sucesivos secuaces apenas si se hacían notar en el circuito alternativo, sin que sus andanzas fuesen reflejadas más que por la prensa independiente, especializada en el rock argentino, que por esos años se manejaba dentro de un gueto bastante cerrado. El cerrojo impuesto por la dictadura, impedía que expresiones tan disonantes como la que ellos proponían, tuviesen la chance de llegar a oídos del público en general, al que se procuraba mantener entretenido con géneros musicales pasatistas que no representasen ningún peligro en el mensaje que transmitían.
Tras la guerra de Malvinas, comenzó a respirarse un clima un poco menos opresivo, y esos artistas del under que habían debido resguardarse en un bajo perfil, iniciaron un lento ascenso a la superficie, aunque todavía desde escenarios subterráneos que no escapaban a las requisas policiales. Con el retorno de las instituciones democráticas, los candados a las libertades se aflojaron, y empezaron a abrirse lugares donde emprendedores con ganas de apostar por la vanguardia, convocaron a muchos de los que habían incubado una carrera amateur en las catacumbas porteñas y ahora se encontraban listos para ingresar en el terreno profesional.
El excelente momento que transitaba el rock argentino, provocó la emergencia de intérpretes que ofrecían propuesta innovadoras y que empezaban a asomarse por detrás de grandes figuras como Charly García, Luis Alberto Spinetta o León Gieco. Y fue así como la movida cultural de Buenos Aires se pobló de personajes que merodeaban la galaxia rockera, pero que no dejaban de coquetear con la danza, el teatro, la performance, las artes plásticas y el diseño de indumentaria. Los espacios donde esos creadores lucían su talento, se transformaron en un imán para aquellos jóvenes que iban en busca de aventuras nocturnas.
Entre otros rincones entrañables que a mediados de los ochenta fueron una incubadora de novedades, cabe mencionar la discoteca Paladium, fundada en 1985 en la esquina de Paraguay y Reconquista, por una dupla de socios a los que no les faltaba audacia: Juan Lepes y José Luis Novick. Ubicada en el microcentro de la ciudad capital, esta guarida tuvo la misión de conciliar esa camada de transgresores recién salidos de la oscuridad, con las celebridades de los ambientes más exquisitos y con las figuras de la farándula televisiva que recalaban allí en busca de una diversión a la que no estaban acostumbrados.
Fue en ese contexto que Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota dieron forma a su puesta en escena definitiva, la que iba a generar un fenómeno sin precedentes. Ese número de vodevill en el que la música no era la única fuente de atracción, adquirió en aquel subsuelo un carácter extraordinario, y derivó en esa máquina de poesía y rocanrol que conmovió a varias generaciones. Tal vez los privilegiados que asistieron a esas veladas ricoteras sean los únicos capaces de comprender cómo se produjo la transmutación, cuyas desmesuradas consecuencias ya son conocidas por todos.
Para quienes no tuvieron esa fortuna, ahí está ahora subido a YouTube el documental “Una noche en Paladium”, que además de incluir escenas de la presentación del disco “Oktubre”, realizada allí en 1986, reconstruye la atmósfera del boliche mediante material de archivo y testimonios de los dueños, los artistas y los habitués. El director Fransciso Novick, hijo de uno de los socios de aquella discoteca, plantea la narración como su propia búsqueda de una parte de la historia familiar que él no vivió porque sucedió antes de su nacimiento. Y desde esa perspectiva nos regala un paseo por una época irrepetible.
La muerte del Indio Solari ha renovado el interés por aquella usina ochentosa que proveyó de nombres ilustres al panorama cultural argentino, muchos de los cuales aún son dignos de admiración por parte de la juventud actual. Que esté disponible de modo gratuito “Una noche en Paladium” facilita el acceso de quienes pretendan echar un vistazo a ese menjunje germinal, del que salieron disparados los Redonditos de Ricota y tantos otros referentes de un tiempo que suena muy lejano, pero que reaparece en el recuerdo como uno de los últimos en que se liberaron las mentes y los cuerpos después de tanta represión.







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