
El músculo de la memoria
J.C. Maraddón
A fines de 1983, la alegría por la recuperación de las instituciones democráticas alentó la ilusión de que los siete años de dictadura habían quedado definitivamente atrás y que todo volvería a ser como antes. Sin embargo, algunas de las huellas de esa etapa oscura de la historia argentina han demostrado ser indelebles y aquel país que caía bajo el sometimiento de las botas militares en marzo de 1976 jamás renacería de las cenizas, a pesar de que se reconquistaran las libertades civiles, que se jurara el respeto a la Constitución, que se repusiera lo censurado y que recuperara su protagonismo muchos de los que habían sido proscritos.
El plan de exterminio de los militares contra todos los que pensaran distinto dejó instalado el miedo a involucrarse en reclamos sociales e inoculó el virus del individualismo en una sociedad que alguna vez supo percibirse como solidaria. Esa filosofía del “sálvese quien pueda” era coherente con las políticas económicas que había propiciado el régimen, a través de la aplicación a ultranza de una doctrina neoliberal que hirió de gravedad a la industria local y revirtió la distribución de la riqueza, en perjuicio de los menos favorecidos y en beneficio de los más pudientes.
El periodo democrático que arrancó hace 43 años tuvo entonces condicionamientos inocultables, a partir de los efectos que se hicieron sentir tras el paso por el poder de aquellos que, amparados en la supuesta lucha contra un enemigo “apátrida”, debilitaron cualquier conato de rebeldía que pudiera manifestarse de allí en adelante. Es imposible entender el devenir de Argentina desde aquella circunstancia hasta el presente, sin insertar en el análisis las consecuencias de los hechos traumáticos que sucedieron durante los años de plomo, pese a que se juzgó y condenó a los genocidas, en un proceso que es ejemplo para el mundo.
Si eso nos sucede a nosotros, cabe dimensionar qué le puede haber ocurrido a los chilenos, después de haber soportado a lo largo de casi dos décadas a Augusto Pinochet como amo y señor de la vida de millones de habitantes a los que se sojuzgó mediante el terror instrumentado desde el aparato estatal. Sujetos a las garras del Plan Cóndor continental, los trasandinos pagaron muy caro su atrevimiento de elegir a un presidente socialista como Salvador Allende, quien tomó decisiones que colisionaron con los intereses estadounidenses y derivaron en que la CIA interviniera para generar el clima golpista previo al 11 de septiembre de 1973.
Al igual que ocurrió de este lado de los Andes, una feroz represión que incluyó secuestros, desapariciones, asesinatos y torturas constituyó el eje de un escarmiento que, a la vez, sirvió para aplicar también allí las enseñanzas económicas de la Escuela de Chicago, en lo que fue el primer experimento de ese tipo a escala global. Como resultado de esa prueba de laboratorio, los números cerraron, pero a costa de sacrificar la esperanza del ascenso social para un altísimo porcentaje de la población y de concesionar áreas sensibles a la explotación por parte de capitales transnacionales.
Una buena porción de los que debieron exiliarse luego del derrocamiento de Allende, decidió quedarse a vivir en el exterior, ya que fue demasiado lo que tardó el dictador en resignar su autoridad, al punto que se desempeñó como senador vitalicio hasta bastante después de que se retomara el orden constitucional. Pero para quienes retornaron, ha sido impactante enfrentarse a una realidad que nada tiene que ver con el Chile de 53 años atrás. Aquella comunidad combativa, consciente de sus derechos y dispuesta a defenderlos, ha mutado hacia una matriz competitiva e insensible, pese a que cada tanto resurja el viejo espíritu de la insubordinación.
Algo de esto declama el cineasta chileno Patricio Guzmán con el relato en off de su documental “La cordillera de los sueños”, que fue estrenado en 2019 y que ahora habita la grilla de Netflix. Autor de “La batalla de Chile”, testimonio fehaciente de lo vivido en la vecina nación en la primera mitad de la década del setenta, Guzmán fue detenido por las fuerzas pinochetistas a pocos días del golpe y luego pudo viajar a París, donde se radicó hasta su muerte, acontecida el pasado 15 de septiembre a sus 85 años.
“La cordillera de los sueños” es una declaración de amor de Guzmán a esa cadena montañosa a la que Santiago, su ciudad natal, le ha sabido dar la espalda. Y también es un crudo parte donde, con honestidad pero sin resignación, se reconoce una derrota que se escenificó como tragedia irreparable. Que esté disponible en una plataforma de streaming, tal como “La batalla de Chile” se encuentra completa en YouTube, invita a un ejercicio necesario para el músculo de la memoria, ese que tan atrofiado parece estar de un tiempo a esta parte.







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