
Un futuro más digno
J.C. Maraddón
En aquella primavera de 1981, sobre la devastada superficie de la comunidad universitaria cordobesa, la inminencia del arribo de Piero para dar un concierto en el Teatro Griego provocaba un sacudón que mezclaba el miedo inoculado por la represión con el reverdecer de un cancionero que había acompañado las luchas políticas y sociales diez años antes. Se repartían en los pasillos de las facultades algunos panfletos que no solo anunciaban el recital, sino que además manifestaban adhesión a consignas que desafiaban la censura. El régimen dictatorial había pretendido arrasar con cualquier vestigio rebelde, pero a esa altura sus rígidas estructuras empezaban a tambalear.
Himnos como “Para el pueblo lo que es del pueblo”, “Que se vayan ellos”, “Coplas de mi país” o “Los americanos”, compuestos junto al letrista José Tcherkaski, habían sido adoptados como propios por la generación setentista, a partir de versos que denunciaban injusticias y proclamaban la entonces tan ansiada “liberación”. Si bien Piero había ingresado en la consideración popular gracias al enorme éxito de “Mi viejo”, pronto entró en sintonía con el espíritu de la época y asumió el rol de vocero de una juventud con tendencia a idolatrar a los cantautores que se inclinaban por el compromiso y la denuncia.
Ese perfil lo forzó al exilio tras el golpe de marzo de 1976, cuando las amenazas pusieron en peligro su vida. Se estableció en una región campestre de España, donde por un cierto lapso se mantuvo alejado de la música profesional y se dedicó a cultivar la tierra. Aunque a su paso por Madrid grabó nuevo material, ese periodo de inactividad quizás lo haya motivado a apartarse de su anterior veta combativa. Sin el aporte de José Tcherkaski, le imprimió otro vuelo a su lírica, que se emparentó más con la autosuperación y la necesidad de encontrar la paz interior.
Luego de cinco años de permanencia en el exterior, Piero retornó a la Argentina casi en simultáneo con otros artistas que estaban afuera, como Moris, Mercedes Sosa, Miguel Cantilo, Litto Nebbia o Miguel Abuelo. Mientras el público local se había quedado con la imagen que esos músicos dejaron al momento de partir, algunos de tales referentes habían modificado su enfoque durante su ausencia. Moris, por ejemplo, había girado hacia el rocanrol, en tanto que Cantilo y Abuelo se habían fascinado con las nuevas tendencias sonoras que proponían un estilo más simple y directo, sin vueltas.
Ese regreso de los exiliados chocó en no pocas oportunidades con las expectativas de los fanáticos, que no se resignaban a que sus ídolos hubiesen modificado tan radicalmente su propuesta y les exigían que volviesen sobre sus pasos. Este reclamo se hizo oír sobre todo en los festivales, donde quienes habían cometido el “error” de pasar a otra instancia fueron atacados con salvajismo y, además de los abucheos, cayeron víctimas del impacto de proyectiles arrojados contra su anatomía por esas multitudes que se aferraban a una ética y una estética que habían quedado desfasadas con respecto a la realidad que se estaba viviendo.
Esa noche del sábado 14 de noviembre de 1981, durante la actuación de Piero junto a su flamante banda Prema, los seguidores de la vieja guardia que asistieron al Teatro Griego se encontraron con una sorpresa no demasiado grata. Aquel trovador que a comienzos de la década del setenta no temía cantar la posta y apoyar los movimientos que se levantaban contra la opresión, se refugiaba ahora tras una blanca vestimenta y entonaba composiciones que bregaban por recuperar la ternura. Peor aún, las piezas emblemáticas que la mayoría de los presentes estaba esperando escuchar faltaron a la cita.
“Manso y tranquilo” fue el tema con el que se cerró el recital, un estribillo que Piero repitió como un mantra y que terminó siendo coreado a capela, más allá de que dejara un mensaje conciliador cuyo sentido se oponía al repertorio que lo transformó en figura musical. Un disco en vivo llamado “Calor humano” inmortalizó un concierto previo junto a Prema en Buenos Aires y ofició como relanzamiento de su carrera, que en esos años coqueteó con la estirpe rockera y lo paseó por festivales de ese género, donde no le reclamaban fidelidad a su etapa más politizada.
Ante la noticia de su muerte, acontecida la semana pasada a sus 81 años, muchos fueron los recuerdos que se hicieron públicos sobre este seminarista que, en vez de calzarse los hábitos, se valió de una guitarra para predicar primero la insurrección y luego la mansedumbre. En la transición entre uno y otro discurso, aquella presentación de hace 45 años dejó desorientados a muchos de los que habían ido en busca de recobrar la memoria y se encontraron con que el pasado ya había quedado atrás, y que con él también se habían desvanecido los sueños de un futuro más digno.







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